Friday, May 12, 2006

Ah, pero no es que la olviden...

Como la dulce manzana rojea en la rama más alta,
alta en la más alta punta, y la olvidan los cosechadores.
Ah, pero no es que la olviden, sino que alcanzarla no pueden.

Safo


Seguro que cada una habrá imaginado una manzana, una rama, unos cosechadores o cosechadoras, el por qué no pueden alcanzarla, qué es lo que no se puede alcanzar, etc. Esta es mi versión…

Se necesitan carpinteras


¿Cuántas veces no ocurrirá un fenómeno parecido…? Todas esas cosas que creemos olvidadas, pero que en realidad rechazamos, las mantenemos en un segundo o tercer plano porque lo que (lo reconozcamos o no, lo asumamos o no) ocurre es que en realidad nos resultan inalcanzables.

Esos periodos grises en los que crees haber olvidado lo que eras, lo que eres, sólo porque la manzana está tan alta, que desvías la mirada hacía otro lado en tu impotencia.

Nosotras somos (yo soy, yo me siento) como una constante cosechadora: nunca paro de cosechar, siempre busco y necesito manzanas, sobre todo dulces. Pero, a veces, durante esos períodos que “grisean” en el rincón más gris del no vivir, de la vida que se convierte en “supervivencia” y no “vivencia” (porque eso pasa, vivir padeciendo circunstancias en lugar de siendo sujeto de la acción) una se “olvida” de que existe esa manzana que rojea, tan alta.

En cualquier caso en la época de Safo la manzana todavía estaba libre del católico pecado, así que la manzana de la que ella habla hay que imaginarla jugosa, libre, puro placer, pura vida. Y siguiendo con la metáfora es justamente eso lo que a veces se nos presenta inalcanzable, lejano. Casi todo nos prepara para la supervivencia encauzada, limitada, constreñida, dirigida. Así que hay que perseverar en el no olvido, y en la construcción de escaleras.

Y de eso se trata, de recordar, de mirar de frente a esa rama alta, y al menos pasar los días dibujando mapas que construyan escaleras, lo que sea menos llegar a convencerse de que la manzana roja no existe y que su olvido sea real.

También hay gente pequeñita que en su pequeñez pretende olvidar –y, sobre todo, hacer que otros olviden- que existe esa rama alta. Por eso se necesitan carpinteras.